En Chile, científicos detectaron una ballena azul navegando entre el tráfico marítimo. Solo un punto azul en una pantalla de satélite.
Aunque las ballenas nadan varios metros bajo la superficie, tienen que subir a respirar. Y ahí están los barcos. Los choques son mortales — pero no son la principal causa de muerte. Lo que realmente las está matando es algo invisible: el ruido.
El tráfico marítimo genera contaminación acústica que se propaga cientos de kilómetros bajo el agua. Ese ruido les provoca estrés crónico, desorientación y fallas en la reproducción. Madres que pierden contacto con sus crías. Machos que no logran aparearse.
En México, esta historia está a punto de repetirse. El Mar de Cortés — uno de los ecosistemas más biodiversos del planeta — ya es una zona de alto tráfico marítimo. Y si se aprueba el megaproyecto gasífero en discusión, empezarán a navegar por ahí buques gigantes generando ruido submarino capaz de propagarse más de 100 kilómetros.
Es un cambio histórico. No solo para las ballenas del Mar de Cortés, sino para todas las especies que necesitan una voz. Si este caso funciona, ningún ecosistema volverá a ser solo "recurso natural" en un expediente.